
Por Efraín Jaramillo Jaramillo*
“¿Por qué estos territorios,
siendo los más ricos,
están condenados
a ser los más pobres?”
Líder afrocolombiano de Nariño
Video: El Pacífico Colombiano
Entre la vida, el desarraigo y la resistencia
Ahora que la cotización del oro alcanzó un máximo histórico (1.315
dólares por onza) y las empresas extractoras se precipitan con avidez
sobre ríos y montañas tras este mineral, considerado la única y más
segura moneda global, vuelven a ser asediados los territorios de
campesinos, indígenas y negros, avivando nuevamente el debate sobre la
paradójica desventaja de tener territorios abundantes en minerales,
hidrocarburos, maderas, suelos, biodiversidad y otros recursos
naturales, de importancia estratégica para el insaciable crecimiento
económico de los países desarrollados. Pero también trayendo otra vez al
presente el tema sobre el subdesarrollo de las naciones, cuyas
economías se basan en la extracción de recursos naturales, y para el
caso del Pacífico colombiano y el Amazonas peruano (sólo para mencionar
dos de los muchos ejemplos en Latinoamérica y el mundo), la violencia a
los pueblos indígenas y afrocolombianos, relacionada con la explotación
de los recursos naturales de sus territorios.
Esta problemática no es nueva. Ya en los años 60 del siglo pasado,
cuando estaban en boga las teorías de la dependencia, el economista
hindú Jagdish Bhagwati mostraba como las actividades extractivistas
funcionaban a modo de ‘enclaves’ que succionan recursos de una región,
generando en ella la dependencia económica y el subdesarrollo, al
establecer una cadena de transferencias de recursos, cuyos beneficiarios
finales son las economías externas de los países industrializados, ya
que allí estos recursos son parte substancial de su economía.
| “En
ninguna región pobre del mundo se han presentado despegues económicos
con base en la explotación de sus recursos naturales. Peor aún las
poblaciones se han empobrecido más (¿se acuerdan de los indígenas de
Arauca?) “El petróleo empobrece”. Las esmeraldas, el oro, el carbón
también. Aquellas regiones con abundantes recursos naturales, con muy
pocas excepciones, son hoy subdesarrolladas” |
Los recursos más visibles son los hidrocarburos y minerales, pero
aquí están comprendidos también otros productos de los bosques
tropicales y los que provienen del uso del suelo, como la caña de
azúcar, la palma aceitera, la soja, etc. (y lo que posteriormente, con
la revolución de la biología y la genética adquirió gran importancia: la
biodiversidad y los conocimientos tradicionales de los pueblos
indígenas). Mientras que para las regiones exportadoras, estos recursos
primarios son productos acabados, para las economías centrales que los
importan son insumos de producción.
En síntesis, la extracción de productos primarios no sólo es inducida
y depende de la demanda de la economía mayor importadora, sino que no
aporta al desarrollo propio y autónomo de la economía de la región
exportadora de recursos primarios. Estas economías de ‘enclave’ hacen
parte y son regidas por las necesidades de crecimiento de las economías
externas, que son sus ‘centros motrices’.
Así ha sido siempre. Desde la Conquista hasta hoy. Hasta hace poco,
nuestros países, antes que ser repúblicas, eran mercados: del oro, del
azúcar, de las pieles, del banano, de la carne, del estaño, del cobre,
del carbón, del hierro, del café, últimamente de la coca. Aún siendo
repúblicas, la característica no era tener una Constitución política. El
término de ‘repúblicas bananeras’ para referirse a nuestros países,
expresa (no exento de sarcasmo) esta condición.
En ninguna región pobre del mundo se han presentado despegues
económicos con base en la explotación de sus recursos naturales. Peor
aún las poblaciones se han empobrecido más (¿se acuerdan de los
indígenas de Arauca?) “El petróleo empobrece”. Las esmeraldas, el oro,
el carbón también. Aquellas regiones con abundantes recursos naturales,
con muy pocas excepciones, son hoy subdesarrolladas.
Para Moisés Naím “esto ocurre no a pesar de sus riquezas naturales,
sino debido a ellas”. En muchas regiones del país, caracterizadas por su
baja gobernabilidad, sin instituciones estables y ausencia de
democracia y transparencia en las gestiones de gobierno, los beneficios
que genera la explotación de recursos naturales, se concentran en pocas
manos, en una élite que excluye a los demás pobladores del desarrollo
social, ejerciendo un dominio asfixiante sobre indígenas, negros y
campesinos y promoviendo de forma legal o ilegal su desplazamiento. Este
es el caldo de cultivo para todo tipo de violencias, que suelen aflorar
allí, donde se produce riqueza sin generar capital social y desarrollo
económico.
| “los
beneficios que genera la explotación de recursos naturales, se
concentran en pocas manos, en una élite que excluye a los demás
pobladores del desarrollo social, ejerciendo un dominio asfixiante sobre
indígenas, negros y campesinos y promoviendo de forma legal o ilegal
su desplazamiento. Este es el caldo de cultivo para todo tipo de
violencias, que suelen aflorar allí, donde se produce riqueza sin
generar capital social y desarrollo económico” |
En cuanto al tipo de economía, el Pacífico colombiano no parece haber
cambiado en los últimos 50 años, en lo que respecta a la relación entre
productos primarios y productos manufacturados de la región. Intentos
por desarrollar una agroindustria con base en sus potencialidades
naturales, siempre han sido socavados por bonanzas de materias primas:
el oro y otros minerales, maderas finas, aceite de palma, en un futuro
cercano coltán y sabrá el cielo cuantas más habrán en el futuro. Estas
demandas obedecen al desarrollo industrial que experimentan países que
como China, Corea del Sur y otros países del Sureste asiático, se han
convertido en exportadores de productos manufacturados, desarrollando
una descomunal capacidad de consumo de productos sin valor agregado,
induciendo la reprimarización de las economías de aquellos países pobres
con abundantes recursos naturales, inhibiendo su diversificación y
subordinando su desarrollo económico a los requerimientos del capital de
las nuevas ‘metrópolis’.
Las regiones afectadas por la maldición de los recursos naturales
están condenadas a depender cada vez más de la producción de sus
principales materias primas. Esto fortalece a aquellos grupos económicos
que se benefician de la explotación de estos recursos, lo que conduce a
su empoderamiento político y a un control cada vez más excluyente de
los gobiernos locales. Debido a que no dependen exclusivamente de
transferencias e impuestos (que también controlan) para retener su poder
político, se dan el lujo de desconocer las demandas de sus ciudadanos,
que a su vez son cooptados mediante un sistema clientelista que reparte
dádivas y auxilios, que desestimulan el control ciudadano sobre la
gestión pública. Se crea así un círculo vicioso de mutuas dependencias,
cuyo resultado final es la corrupción en todas las áreas de la vida
social y política, que alcanza también a las organizaciones sociales.
| Esto
fortalece a aquellos grupos económicos que se benefician de la
explotación de estos recursos, lo que conduce a su empoderamiento
político y a un control cada vez más excluyente de los gobiernos
locales (…)
Se crea
así un círculo vicioso de mutuas dependencias, cuyo resultado final es
la corrupción en todas las áreas de la vida social y política, que
alcanza también a las organizaciones sociales. |
Para el caso de los países latinoamericanos, el porvenir no es
halagador, pues según Riordan Roett, director de la universidad John
Hopkins y analista en temas políticos y económicos latinoamericanos,
“mientras los precios de las materias primas se mantengan altos (y todo
augura que continuarán así, a no ser que hayan dificultades en Asia), la
dependencia de la exportación de productos primarios parece ser, para
bien o para mal, el futuro de la región”. Brasil continuará dependiendo
de la exportación de hierro, soja y petróleo; Chile del cobre, Ecuador y
Venezuela del petróleo, Bolivia del petróleo y el gas, etc. Colombia y
Perú aspiran a engancharse lo más pronto posible a ese crecimiento de
la demanda por materias primas, para convertir a los hidrocarburos y a
la minería en actividades estratégicas, (las “locomotoras”) para el
crecimiento de sus economías.
En lo que respecta a Colombia, el Banco de la República señala que
para el año de 2010 (a septiembre) la inversión extranjera directa,
había ascendido a 6.714,2 millones de dólares, de los cuales el 83%
(5.598,7 millones) fueron a la minería y a la exploración de
hidrocarburos. En 2009, los sectores de la minería y los hidrocarburos
habían sido fortalecidos con 6.818,8 millones de dólares. Esta abundante
presencia de capitales en el sector de la minería y en la actividad
petrolera es una evidencia de los avances de la ‘seguridad democrática’,
eje central del gobierno de Álvaro Uribe Vélez para crear la necesaria
‘confianza inversionista’ que ofrezca garantías a la inversión
extranjera, atraída también por beneficios tributarios. Con la misma
lógica, el gobierno de Juan Manuel Santos promete continuar con la
promoción de la minería como el motor del desarrollo económico para la
“prosperidad democrática”, con la cual se cosechan los logros de la
seguridad democrática.
Hay una gran contradicción en la presentación de la minería como la
locomotora del desarrollo económico para la prosperidad democrática. Una
contradicción que el gobierno ha sido diligente en tapar con un
llamativo plan de resarcimiento de derechos a las víctimas de la
violencia, con una ley agraria que además de devolver tierras, cambia el
uso de suelos a favor de la agricultura, lo que permitiría acabar con
grandes e improductivos latifundios ganaderos y recomponer la economía
campesina al reintegrar no solo a los campesinos desplazados por la
violencia, sino a los desplazados por la pobreza y desatención que ha
tenido el campo. A esta política agraria que ha despertado otra vez
optimismo en los colombianos, se contrapone una política minera diseñada
para beneficiar de manera exclusiva a los intereses de las grandes
compañías extranjeras. Una política minera que está causando estragos en
comunidades negras, indígenas y campesinas, por los impactos
ambientales, económicos y sociales que genera y que auguran ser
similares a los causados por la violencia paramilitar para apropiarse de
las tierras.
La diferencia es que esta vez serían ‘desplazados ambientales’,
porque sus tierras, dadas en concesión para la explotación minería se
convertirán en paisajes lunares, con aguas contaminadas, suelos
devastados y vida silvestre arrasada (¿les dice algo el Bajo Cauca,
Suarez, Timba, Zaragoza en Colombia y Madre de Dios en la Amazonia
peruana?). Es una contradicción que a las organizaciones sociales de
indígenas, negros y campesinos, aliados con sectores ambientalistas les
incumbe resolver. Pero ya sabemos hasta donde los gobiernos pueden
llegar para quebrar la oposición de los indígenas a la explotación
petrolera en sus territorios ¿Alguien se acuerda de los u’wa en Colombia
y los aguaruna en Bagua?.
A pesar de que los territorios de estos pueblos tienen abundantes
recursos, no por eso tienen que sucumbir a la ‘maldición de los recursos
naturales’ y permanecer condenados a ser pobres. Pues es posible
desarrollar economías eficientes (incluyendo la explotación de recursos
naturales) que sean propias y compartidas por todos los pobladores
(economías interculturales las llamaríamos): Economías que impliquen un
equilibrio entre la satisfacción de las necesidades de los pobladores
del campo y la viabilidad ecológica, cultural y económica de los medios
empleados para sufragarlas.
A las organizaciones que encuentren el camino y se ingenien los
mecanismos para hacer realidad estas economías, habría que darles, como
lo propone Moisés Naím, “el premio Nobel. No el de Economía. El de la
Paz”.
Cartagena de Indias, octubre 2 de 2010.
—
* Efraín Jaramillo Jaramillo es antropólogo colombiano, director del
Colectivo de Trabajo Jenzerá, un grupo interdisciplinario e interétnico
que se creó a finales del siglo pasado para luchar por los derechos de
los embera katío, vulnerados por la empresa Urra S.A. El nombre
Jenzerá, que en lengua embera significa hormiga fue dado a este
colectivo por el desaparecido Kimy Pernía.